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Cúrvate Cristián

Posted in BIOLOGICO, ESPIRITUAL by egoten on diciembre 27, 2007

Este sujeto me emocionó hoy día. Visité el emol para saber a cuánto estaba el dólar. Nunca supe a cuanto estaba, pero este emol me sorprende con un titular que no me esperé encontrar nunca: el hijo de Cristián Warnken, Clemente, había muerto. Son miles los mensajes que buscan apoyar a Cristián, son anuncios de padres que han perdido a sus hijos, de gente que le brinda poesía y belleza, como él tantas veces lo hizo por la pantalla del televisor.

Pienso en los millones de padres que nunca le han hecho cariño a sus hijos. En los padres que no se han dado cuenta que sus hijos se mueren cada fin de semana, cada fumada, cada sorbo, cada juego de computador, cada “ahora no que estoy cansado”.

Cristián transformó el dolor en belleza en su columna de blog El Mercurio, ahí se leen las palabras acorazonadas de Cristián:

“Llora por ti tu jardín, que siempre insistías en llamar “mi jardín”. Llora el intruso gato blanco y negro, que merodeaba por las tardes y que tú llamabas mi gato amigo. Llora el cerro Manquehue, que veías desde la ventana de tu pieza. Llora la plaza de Almirante Acevedo, alrededor de la cual corrías una y otra vez, como un Forrest Gump de tres años. Lloran los resbalines que te vieron crecer en temeridad y por los que te lanzabas con gozo. Llora la montaña del camino de La Pirámide, destrozada por la construcción de autopistas y a la que decías “pobre montaña”. Llora tu nana, a la que llamabas “mi reina”, “mi Karencita hermosa”, piropero precoz.

Lloran las fuentes de agua, ante las que te quedabas en éxtasis mirando caer el agua, el agua que te asombró más que nada en el mundo, el agua de los ríos, el agua de las llaves de agua de la casa, que abrías sin cesar, el agua del mar, oh, tu locura por el agua, Clemente, toda el agua del mundo llora por ti, y mana en nuestras lágrimas.

Lloran por ti Whinnie the Poo y Tiger y Christopher Robbin, y todos sus amigos, porque en sus libros de aventuras te sentías en familia. Tú eras como Whinnie the Poo, tierno, goloso, amical. Llora por ti tu chupete gastado y fiel, que intentamos vanamente botar tantas veces y que ahora te espera sobre la almohada vacía. Lloran por ti las esculturas del Parque de las Esculturas de Pedro de Valdivia, donde fuimos el día antes de tu partida, a correr, a subir al olmo gigante; llora por ti la escultura del ángel sin cabeza que miraste extrañado, llora por ti la librería Ulises, donde estuvimos esa misma tarde y donde hojeaste libros sobre un sillón de cuero. Llora por ti el libro de “Willie, el oso”, que te regaló esa tarde Benjamín, el librero, y que no alcancé a leerte. 

Llora la escalera de madera de nuestra casa, que bajaste todas las mañanas de tus días. Llora el espejo del baño hacia el cual te empinabas para mirarte, como si fuera extraño tu propio rostro, oh, hermoso, demasiado hermoso para durar aquí, al otro lado del reflejo. Llora la canción “Cangrejito” del grupo Zapallo, que bailaste tantas veces y querías volver a escuchar, pero que se perdió en algún rincón de nuestro bello desorden. Llorará la lluvia en invierno cuando no te encuentre debajo del panel de vidrio, mirándola gota a gota. Lloran los caballos del Club de Polo que siempre venías a espiar. Lloran los cuadros de Santos Guerra que cuelgan de nuestras murallas, y el pueblo de cuento y sus personajes a los que saludábamos como si fueran reales, el hombre del paraguas verde, tus amigos al otro lado del sueño. Llora la playa de Wailandia, donde corrimos mojándonos los pies con las olas, qué fiesta, qué gritos, qué risa. Lloran las gaviotas que pasaban por ahí, llora el restaurant Caleuche, donde fuimos a ver la puesta de sol con Angélica y Laura, llora el rayo verde que nunca se hizo ver. Llora el Estadio Santa Rosa de Las Condes, donde apenas empezabas a ir a clases de fútbol, estadio que desaparecerá, como desaparece todo y todos, porque somos un duelo sin fin. Llora el Parque Forestal donde naciste, llora la calle Ismael Valdés Vergara. Lloran los taxis en los que te gustaba que te llevara en las mañanas a tu jardín. Lloran los tres cojines que tú mismo instalabas obsesivo, hasta que quedaran perfectos (y tu decías “perfecto”), adonde posabas tu cabecita llena de rulos para tomarte tu mamadera. Todos lloran, también tu piscina amada, que te vio, dichoso, nadar, ¡cómo llora desconsolada! Lloran las cosas que tocaste, los lugares donde anduviste, y lloramos nosotros, ya sin lágrimas.

Entonces, ¿por qué ríes, por qué tu cara pura de niño muerto insiste en reír, mientras todos lloran sin consuelo? ¿Por qué ríes, Clemente, amor mío, dolor nuestro?”

Clemente rie porque el vive, el vive en la curva. Prisioneros de la recta línea, no entenderán nunca la sonrisa que es curva línea. ¡Cúrvate Cristián! Cúrvate antes que te alinies con la recta… que tu hijo desencarnó para curvarte.

2 comentarios

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  1. Mario E. Moreno Rodríguez said, on enero 16, 2008 at 6:10 am

    Si tomamos la curva que dices, nos lleva de algún modo al plano ornírico, aquí el nombre de Clemente toma su significado intrinseco, original, porque Clemente significa Misericordioso. Entonces no te extrañe que siga riendo.

  2. Vicente said, on junio 18, 2008 at 12:17 am

    Me quedé curvado en mi incómodo asiento por mi lumbago y por tu reflexión sobre otra reflexión, pues pareciera que todo funciona como en un círculo, en curvas, como el universo, como el sufrimiento de un padre a quien la muerte de un hijo se le reproduce cíclicamente. Tú estás en la edad que te invitan a las bodas; Yo voy de vez en cuando a cepelios de amigos. Y yo los prefiero. Por lo menos sé que finalizó el sufrimiento.


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