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La amistad desnuda (fragmento) Carlo Frabetti

Posted in ACCIDENTE by egoten on mayo 1, 2009

Saqué del cajón de la mesilla de noche el pequeño esenciero y dejé caer unas gotas de Arpège en la almohada: el viejo truco edípico para conciliar el sueño. Era el aroma del amor materno, del amor incondicional, pero también el de la traición… ¿Cuál de las dos evocaciones propiciaba el tránsito? ¿Me abandonaba a un recuerdo amable o huía de un recuerdo ingrato? ¿O viceversa? Tal vez huyera de la angustia que genera el amor incondicional (si es incondicional, no depende de lo que yo diga o haga; pero para los demás yo soy lo que digo y hago, luego un amor que no tiene que ver con mi conducta, en realidad no tiene que ver conmigo, yo no soy su verdadero objeto). Tal vez me arrellanara en la confortable evocación de la traición desenmascarada y superada… Superada? 

En cualquier caso, el mecanismo no funcionó como otras veces. La ambigua fragancia, lejos de adormecerme, me exasperó aún más. Me asaltó la enfebrecida sensación de estar oliendo a Eva a través del tabique que me separaba de ella. 

–Te quiero, Eva –susurré estúpidamente. 

–Te quiero, Eva –repitió una voz gangosa e irreal, que resonó en mi cuarto como un eco burlón. Me incorporé bruscamente y, en la penumbra, vi al cuervo posado en el respaldo de una silla (a falta de un busto de Palas Atenea), como la primera vez que lo había visto en el dormitorio de mi vecino. Había entrado por la ventana abierta tan sigilosamente (o yo estaba tan aturdido) que no me había dado cuenta. Lo miré fijamente, y al verlo tan encorvado y sombrío tuve por un momento la absurda (¿o debería decir poética?) sensación de que en verdad era mi vecino convertido en pájaro. Inconscientemente, simbólicamente, fonéticamente, él había elegido el camino correcto, el único posible: la metamorfosis. Pues no hay más salida que la metaamorfosis: la transformación profunda que lleva al metaamor, o sea, más allá del amor, más allá de sus pretendidas certezas, más allá de los dogmas y los misterios propios de la religión, para llegar, sencillamente, humildemente, a la asunción de la ignorancia, de la aleatoriedad, de la soledad nuclear… El conocimiento solo es fiable cuando no es dogmático, es decir, cuando no pretende ser seguro, total, definitivo; y el afecto también… Metasinceridad: ser sincero sobre la sinceridad misma, admitir abiertamente que nadie puede ni quiere decirlo todo, que nadie está seguro de nada… 

–Te quiero, Eva –repitió el cuervo. 

–Qué suerte tienes –le dije mientras me tumbaba de nuevo en la cama– . Para ti esa frase terrible, que a mí me quema la garganta, es solo una sucesión de sonidos sin sentido que repites mecánicamente porque la has oído decir muchas veces. 
Para ti también es algo que repites mecánicamente porque lo has oído decir muchas veces, replicó el pájaro en mi mente. Es una frase hecha, una fórmula (pretendidamente mágica), una jaculatoria, una interjección, la expresión de un sobresalto, de un sobrecogimiento… 

Es una declaración de amor. 

Se declara la guerra, la quiebra… Los sentimientos, al igual que el valor o la generosidad (que, por cierto, deberían ser los pilares del amor), no hay que declararlos, no hay que proclamarlos: hay que demostrarlos, y no hay más demostración que el hecho mismo de construirlos, de levantarlos con cuidado y con esfuerzo, como las torres y los puentes, a los que tanto se parecen. 

¿Cómo aman los cuervos? 

Están juntos en la medida en que pueden y quieren estar juntos. Comparten en cada momento lo que pueden y quieren compartir. No hay más actor que el deseo ni más escenario que la realidad. 

¿Y el miedo? 

El miedo es el deseo de no sufrir o de no desaparecer: el reverso del deseo de gozar y de existir. Es el mismo actor con otra máscara, o en la parte oscura del escenario. 

Quiero hacer el amor con Eva. 

No puedes hacer el amor con Eva. 

¿Por qué? 

Porque no puedes hacer el amor con nadie. Puedes hacer la cama, puedes hacer el ridículo; puedes hacer los deberes; pero no puedes hacer el amor, del mismo modo que no puedes hacer el odio, ni hacer la envidia, ni hacer la amistad. Los sentimientos no se hacen: se demuestran, se reprimen, se cultivan, se confunden, se niegan, se transforman…, pero no se «hacen». Un sentimiento no puede corresponderse de forma unívoca con un hacer, con un acto específico. No puedes «hacer» el amor. Líbrate de esa identificación grosera entre sentimiento y acto, entre relación y consumación. Olvida esa brutal metonimia (meto, nimia, la parte por el todo) que identifica la introducción de una mínima parte del cuerpo en otro cuerpo con la imposible fusión, que confunde la fugaz penetración con la improbable compenetración. Supera tu mamiferidad, tu mamiferocidad, volatilízate: sé libre como un volátil. 

Libre como un pájaro volando… 

El pájaro no es libre porque vuele, sino porque nunca estuvo encerrado en otro pájaro y, por tanto, no añora tan impracticable guarida. El huevo es una fina envoltura caliza que rompes en un instante y olvidas al instante siguiente. Los pájaros son libres porque no necesitan atraparse (compara el mutuo apresamiento del abrazo con el vuelo nupcial de los cuervos) ni comerse: mamar, luego besar, morder… 

Mama, mamá, mamar… 

Triste condición la del mamífero, para quien otro –otra– es el primer cobijo y el primer alimento. Para el niño, el otro –la otra– es la metáfora (o la metonimia) del mundo, y luego, para el adulto, para el mamífero reflexivo (es decir, especular), el mundo se convierte en metáfora (o metonimia) de la otredad. En el amor subyace el deseo compulsivo de recuperar ese paraíso perdido en el que la madre era la prolongación del yo, su inagotable fuente de placer y seguridad. Por eso el amor es infantil, regresivo: se niega a aceptar la evidencia de la separación irreversible, de la alteridad autónoma e inabarcable; por eso se le representa como un mamón blando y gordezuelo con los ojos vendados. Por eso el adolescente descubre la libertad en la amistad (y viceversa) huyendo del afecto cautivo de la familia, huyendo de la mamá-mama y del papá-papa. Pero el abandono del claustro desazona hasta tal punto al pequeño mamífero, que tiene que reconstruirlo compulsivamente. Por eso los adolescentes son tan enamoradizos. El amor es una amistad regresiva, que nace en la libertad de lo amical y vuelve al cautiverio de lo familiar. El amor es una amistad domesticada, estabulada. Es una gacela uncida a una noria. 

El amor es la amistad con alas. 

Sí, pero esas alas son las del albatros de Baudelaire, que le impiden caminar. El amor y la amistad, que deberían ser lo mismo (o variantes de lo mismo), son, en más de un aspecto, divergentes, mutuamente excluyentes, incluso antitéticos. El amor busca. La amistad encuentra. El amor implora. La amistad explora. El amor es un apetito desordenado… 

La lujuria, en todo caso, es un apetito desordenado, no el amor. 

El amor es la lujuria, puesto que no hay mayor desorden del apetito que el deseo de adueñarse de otra persona en exclusiva y para siempre, de devorarla viva, de «compartir la vida», como si la vida fuera una cosa, o, peor aún, una idea… El amor es la lujuria, del mismo modo (y por la misma razón) que la propiedad es el robo. El apego, el afán de posesión (con su vicio complementario, el afán de pertenencia), es la causa de todos los males. Y de todos los apegos, el amor es el más mórbido y excesivo… El amor es un apetito desordenado. La amistad es un orden apetitoso. El desarrollo de la amistad determina su ámbito. El ámbito del amor determina su desarrollo. El amor parte de un máximo y decrece. La amistad parte de un mínimo y crece. El amor invade, conquista, seduce. La amistad visita, convence, produce. El amor tiene las desaforadas pretensiones de un niño de teta: exclusividad, totalidad, incondicionalidad. La amistad solo pide esa lealtad que es hija del conocimiento y de la gratitud. 

Triste vínculo el de la gratitud. Sentirse en deuda con alguien que te ha dado algo… 

Sentirse en deuda es una forma muy burda de gratitud. La verdadera gratitud es una «grata actitud» de generosidad y confianza reactivas. Es la germinación de un sentimiento de solidaridad fecundado por una dádiva, es el deseo gozoso de desarrollar y compartir ese sentimiento, de hacerlo común y proliferante. Esta gra(ta ac)titud es la floración del Jardín de Epicuro, el único lugar habitable. Hay que unir de nuevo, de una forma nueva, la ciencia y la filosofía, la ética y la política, la reflexión y el mito, la amistad y el amor («porque el amor es risa, es amistad o es miedo», como dice el poeta). Hay que optar por un amicalismo radical, dialéctico, revolucionario. En Epicuro está la clave para vencer a Tánatos («Cuando tú eres, la muerte no es; cuando la muerte es, tú no 
eres») y también a Eros. 

No tengo ningún interés en vencer a Eros. 

No tienes ningún interés en destruirlo. Pero no quieres que te domine, ni que te torture, ni que te desquicie. Vencerlo no significa matarlo ni exiliarlo, sino quitarle el arco y la corona. Hay que desarmarlo y destronarlo, como a todos los tiranos. Hay que quitarle la aureola que le pusieron los neoplatónicos y tocarlo con el pámpano de la embriaguez (que solo es nociva si se confunde con la lucidez, si se convierte en un estado permanente y cautivador). Hay que quitarle la venda-antifaz que le impide ver y ser visto. La máscara dorada, especular y sin resquicios, sin orificios. Porque el amor se quita la ropa, pero no la máscara (la ropa cubre, la máscara encubre). La amistad se quita la máscara, pero no la ropa. Hay que desenmascarar el amor y hay que desnudar la amistad, esa amistad excelsa que, al acercar los cuerpos con la misma libertad con que acerca las mentes, se convierte en el único amor posible. 

El único imposible. 

Sí. En el mundo actual, es prácticamente imposible. Y, por eso mismo, es el único posible. Porque solo lo que es imposible en este mundo cruel es posible en el sentido fuerte del término, es decir, puede ser auténtico. En una sociedad cautiva, solo caben amores cautivos En una sociedad desigual, solo caben amores desiguales. En una sociedad competitiva, solo caben amores competitivos. Solo en una sociedad libre, igualitaria y fraterna cabe el amor libre, igualitario y fraterno, la amistad desnuda. 

¿Cómo es un amor libre? 

¿Cómo es una sociedad libre? No se puede contestar una pregunta sin contestar la otra. El amor libre y la sociedad libre se determinan –se determinarán– mutuamente, como se determinan mutuamente el amor enfermo y la sociedad enferma actuales. Desde aquí, desde el ahora, solo puedes vislumbrarlas, las posibles alternativas al amor cautivo, al amor tal como hoy se vive y entiende, ya que esas alternativas van –irán– ligadas a condiciones psicológicas y sociales radicalmente distintas. Pero al menos sabes –o deberías saber ya, a estas alturas– lo que no es una relación libre, lo que no puede ser, lo que no debe ser. No debe ser, para empezar, de ninguna manera preconcebida, puesto que cada relación ha de encontrar –ha de crear– su forma y su camino, su camino-forma. No debe generar el nefando binomio posesividad-dependencia. No debe conllevar la disparatada pretensión de tener un destino común, de «compartir la vida». No debe reconocer ni respetar más reglas que aquellas que, sin coacción ni control, presiden una buena amistad… Una versión epicúrea (o budista, si lo prefieres) de esefoedus amicitiae que el pobre Catulo invocaba en su desventurada relación con Lesbia, podría ser un primer paso en la dirección correcta, o contra la dirección errónea. Los enamorados, en vez de hacerse promesas insensatas e incumplibles, podrían decirse algo así como: 

«Puesto que hemos contraído juntos la fiebre amorosa, ayudémonos mutuamente a controlarla, a evitar que sus delirios nos confundan y arrastren. Salvemos nuestro inflamado afecto de sus propios excesos, igual que se cuida de un niño para que no se haga daño y pueda crecer fuerte y sano. Extrememos las cualidades propias de las amistades excelentes: sinceridad, lealtad, generosidad, respeto a la identidad del otro, a su autonomía y su intimidad. No alimentemos el afecto con la necesidad, sino con la libertad. Luchemos contra la posesividad, la dependencia, los celos. Colaboremos en la construcción de un mundo nuevo en el que podamos amar bien…». 

¿Hay que esperar a que cambie el mundo para poder amar bien? 

Hay que cambiar el mundo para amar bien y hay que amar bien para cambiar el mundo. En la práctica: si luchas por cambiar el mundo, amarás un poco mejor, y si te esfuerzas por amar bien, cambiarás un poco el mundo. 

Amicalismo dialéctico. 

Radical. Revolucionario. Libertad, igualdad, fraternidad. Hay que volver a hacer la Revolución Francesa. Esta vez, de verdad. 

–No en vano París es la capital del amor –dije en voz alta. Pero el cuervo ya se había ido.

2 comentarios

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  1. trini said, on septiembre 25, 2014 at 2:03 am

    PLENAMENTE DE ACUERDO,. -LIBERTAD-,IGUALDAD ,-FRATENIDAD.HAY QUE CAMBIAR MUCHAS COSAS COMENCEMOS POR CAMBIAR LA EDUCACION PARA CAMBIAR EL MUNDO.SEAMOS AUTENTICOS.BESOS FRATERNALES.trini


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